2.5.13

Sigo caminando, es como que la energía no se me acaba. Llego al final del día y produzco: escribo, leo, aprendo, absorbo. Me siento un toque aspiradora. En este estado, en expectativa, en alerta, en posición de despegue y de descanso, sentada en el aula, recorriendo las paredes de los siglos con las manos, mirando adentro de las burbujas que flotan entre los museos de arte moderno, la belleza de las calles, de los edificios, de los movimientos de las manos y los ríos, la miseria presente, el ser humano en todo su esplendor y toda su decadencia. Las calles sucias, la gente que pide en las puertas de las iglesias más concurridas del mundo (mademoiselle, c'est interdit de prendre photos ici): esas cuyas puertas representan el Día del Juicio Final. La desesperación, el racismo, los ojos de miradas evasivas, los dos besos y esa forma tan particular de no mirarse y mirarse. Todo el misticismo de las velas sagradas, las calles y avenidas no dispuestas en cuadrícula (doctorado en perderse), las paredes pintadas, la falta de sentido, la historia entre las baldosas de estos lugares que encerraron los desvelos de tantas revoluciones.

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