Descubrí que odio las campanas de la iglesia de Elche, a cualquier hora y siempre interrumpiendo. Descubrí que me chupa un huevo la mitad de lo que ocurre si camino con las manos en los bolsillos. Descubrí que las frases nuevas y esotéricas combinaciones adjetivales en un nuevo libro me producen el mismo placer que la miel. Descubrí que puedo evocar el pasado y arrastrarlo a mis sueños como un caballo en el subte (sólo que ahí no me pedía casamiento, por suerte?). Descubrí la sed de cariño momentánea y efímera que padezco y disfruto viendo (des)gotear sobre mi pequeña piedra de alma (o alma de piedra?). Descubrí cuánto puedo querer y cuán incondicionalmente. Descubrí que voy perdiendo un poco de miedo, pero cargo aún muchísimo en la mochila: parece que aumentara conforme me quedo sin yerba (de nuevo). Descubrí lo cruda que puedo ser y lo severa para juzgar: definitiva al contacto más superficial. Patética. Descubrí lo tan estúpida que soy: simplemente si cierro la boca puedo aprender una respuesta distinta y mucho más convincente que la mía. Descubrí que puedo cagarme en mi orgullo, y no se cae la muralla china. Descubrí que quiero conocer la muralla china. Confirmé que las reglas no existen, que las fórmulas son dibujos bonitos (a veces) y que lo único que siempre queda por hacer es el amor.
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