2.1.24

  me quedó un tintín sin leer del año pasado. El que me faltaba. El libro en el que se conocen con el capitán. Ahora lo miro un poco.

En un rato me voy de vacaciones, pero ya no se sienten igual que antes. Hay algo de lo inmediato y inmeditado, de la improvisación, de la observación, que se pierde con los años. Siento que profundicé para adentro, y me lamo las heridas desde la cueva, desde el interior de mi caracol. Hice los enrosques, las espirales, hacia adentro, y ya no tengo tantas ganas de salir. ¿Cuándo dejó de ser importante conocer un lugar nuevo? ¿Cuándo dejó de parecerme elemental no ir dos veces al mismo lugar, pues hay tanto mundo por recorrer? ¿Me castigo cuando enuncio estas cosas? Siemrpe pienso qeu esta es la última reflexión, el último enrosque, la última manía y ya empiezo a mirar más para afuera, que así voy a sufrir menos, pero no sé si me lo creo ni si lo quiero. 

El año pasado, 2023, llegué a la conclusión de que tengo que meditar, o bajar o relajar o parar la cabeza de algún modo. No controlar. El poder de las palabras, el enunciar y definir es vital y elemental. El tema de la colonización de la mente sobre el cuerpo, y el tratar de escuchar un poco más a mis ganas. Volver a conectar con el deseo. Eso que parecía como volver a enganchar un cable es más bien como volver a cosntruir un puente sobre un río tumultuoso: hace muchos años que había dejado de transitar eso, o por lo menos me cuesta reconocerlo. O creo que me cuesta reconocerlo. Sigo con los mismos problemas con los límites: cuáles son, dónde están?

Vivir una vida sosa, sin pesares, longeva, es eso un deseo que tengo? Quiero niños? Quiero amor? Qué hay que querer y qué quiero yo? Y cómo sé qué quiero, si soy un río que cambia de forma?

Me alucina lo de vivir por siglos o milenios, quién sos después de todo ese tiempo? Somos la juventud de la vida, que no pasamos los 100 años y nos creemos eternos?

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