12.9.13

Doy rienda suelta a mi locura, a mi fervor y bestialidad: tu cabeza bajo mi almohada, dejás de resistirte cuando perdés la consciencia. Claro, te falta el aire. Quéee pena me das, no sabés. Lamento tanto que ya no voy a escuchar tu voz quejosa en cada comida, numerando todo lo que no te gusta. Ya no me vas a gritar con esos agudos desde atrás ni me vas a tirar del pelo. No vas a  interrumpirme más cuando hablo, nunca más los ojos de cordero domado que traicionan. Hija única. Nunca cierto, cómo desearlo? Cruda crudísima, como el jamón que tanto te gusta, es la escena en cambio: voy a llorar tanto cuando hoy me des el último abrazo, cuando me rompas los huevos para no soltarme. No llego a entender si lo hacés para molstar o para figuarar, ser el centro, debe haber sido duro estos días dejar el trono a una extranjera que ni siquiera conoce a Violetta. Y si, voy a llorar en el tren, por el amor perdido, porque ya no te acuerdes de mí cuando vuelva la próxima vez, porque la infancia es cruel y también la vejez: tu abuela demoró menos de cinco minutos en olvidar todo lo que le expliqué a lo largo de una hora y me gritaba de nuevo que quién era. Un cable enroscado soy: por afuera plástico, por adentro material barato, sólo conduzco, no produzco ni genero. Y encima twisted. Te quiero Sofi, sobre todo cuando te portás bien.

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