Sigue siendo tan injusto. Cuando era más chica, hablábamos con María, en nuestros arrebatos de abstracción, y no entendíamos por qué su casa era más chica que la mía, si ellos eran 4 y nosotros 3. Ahora yo estoy en una habitación grande y espaciosa, para muchas personas, con una mesa enorme y muchas sillas, además del lujo de una ventana al exterior. Junto a mí, en la sala de espera, más de diez personas se agolpan en los tres silloncitos y dos sillas, pensando en cómo resolver el problema que tuvieron que traer hasta un profesional, por la madeja de la sociedad y sus reglas reales.
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