Todos los días se levanta y un coro en torno a su cama le recita las
tragedias pasadas: de la nada venimos y a la nada vamos (nota mental:
reemplazar nada por polvo...pero eso tiene consecuencias? ninguna, no te hagas deama, consecuencia). De día o de noche se
para frente al placard y al mirarlo cerrado y abierto no nota
diferencia: una materia de la facu, obligaciones (quiere salir desnuda,
pero su cuerpo no le gusta aún tanto como para ello. Se propone cerrar
la boca, durará hasta el momento de preparar el segundo desayuno la
promesa? En general mueren antes de alcanzar la visión del Estigia en
primavera.). Repite la misma escena, practica los mismos pasos ("todo desde arriba, one two aaand"), a veces se le tuerce un tobillo o le duelen los gemelos, cansa esta rutina, pero, claro, la repetición a lo largo de los años te ayuda a practicarla sin casi transpirar (guiño: agua del cuerpo, lágrimas). Acumulás papeles, perdés objetos, ganás vocabulario: si tenés éxito lográs atrofiar los deseos y te quedás con la parte más sana, compuesta por el morbo sexual, ahí dirán que sabés divertirte. La delgada línea entre la cantidad de tragos blancos que podés tomar sin vomitar y siendo exótica y el momento en el cual sos un estropajo violado atrás de un auto, en la esquina de Lavalle y Libertador, o por ahí un cadáver en Paraná y el Río, la boca atada con cinta.
El medio físico y temporal en el cual se mueve no me parece importante, el mundo hoy es muy chico, pero sabe ser gigante, quizás mañana hable de eso alguna revista. Cuando ya se sacó la naranja que le queda atorada entre los dientes después del desayuno, empieza a viajar. Es uno de los mejores momentos del día. Antes pasaba al amanecer a ver correr los caballos, con los primeros rayos, pero al descubrir que podía perderse este único momento por intentar hacerlo todos los días abdicó: es medio cobarde, y si no puede tenerlo bien, no lo quiere, se la juega sólo de noche, digamos. Ahora espera el amanecer frente a una plaza y al subir al colectivo empieza su real viaje. Le gusta que no tenga destino, que dure mucho y condicione todo: la hace sentir especial, porque en eso que crea por un rato puede mantenerse para aislarse hasta que llegue con alguien que la quiera y pueda refugiarse en ese amor. Entonces estuvo en el último tiempo en Italia del 1500 y estos días pasea por el barrio de Flores. Tiene un nuevo objetivo, pequeña que culo ve culo quiere, ahora quiere el amor de un chico de Flores, el horóscopo que se inventó le dijo que ahí está la pasión y como nunca tuvo eso tan bonito que dicen que es el desenfreno sentimental, bueno, habrá que probar, no?
A veces se siente distinta. A veces anda en bici y el
mundo se despliega y dibuja a más velocidad en torno,
con un pequeño
zumbido y cada tanto un clac. Entonces toma subidas y bajadas y sólo
siente las piernas y la cara, cada tanto una mano, la izquierda, al soltar el
manubrio. Si se siente linda y valiente, pasa por la puerta de la casa
de él: hace dos años y algo que no se ven, pero no pasa una semana en la
que no lo piense ultimamente. Lo que ella sabe, es que ya no lo piensa a él, sino
que piensa al él de ella, al niño que recuerda. Hace poco vio un video
de él tocando la guitarra, recordó algunos de sus gestos. Los románticos
son así, creen reconocer, porque ahí está la nostalgia y la melancilía
(que ella nunca supo diferenciar, dicho sea). ¿Qué tiene de dulce y
doloroso el conocer hoy un gesto de cabeza o un desplazamiento singular
de la mano, la contorsión de un dedo, que sea totalmente nuevo? Es ser
minucioso al mirar a alguien, buen observador (de lo que también se jacta, y claro, con lo pedante que suena su voz en las grabaciones), y eso no es romántico, no te hace sentir
menos (que por más feo que pueda sonar, tiene el verbo sentir, esencial
para los ojos, gotas de sal sobre caracoles).
Cuando el tiempo esta lindo y siente su
perfume en el aire al pasar, se queda abajo, escondida entre los
primeros escalones de la puerta, allí donde una vez colocó las cenizas
de todas sus cartas en una caja de bombones y tocó tiembre en su
cumpleaños para salir corriendo, allí donde a la noche un millón de no
verlo recitó la maldición. Desde los primeros escalones se siente en
primera fila, y lo escucha tocar los mismos temas una y otra vez y sueña
despierta con su boca, con su espalda, apenas unos metros más arriba,
ignorantes del remolino de emociones que abajo se agita. Por eso ella
sabe que dios no existe, pero el diablo sí (claro, si le ceba mate sentado al lado y le ceba la cabeza con versos de Girondo, bajito al oído). Que las energías del
universo no existen y los finales de las películas mienten (los libros
no, nunca! sacrílego!). Si así no fuera, si existiera alguno de los elementos configuradores de confianza y prederminación antes enerados, algún transeúnte, apiadándose
de su corazón roto, cuando lo pisara al pasar (vidriecitos rojos y
gelatinosos de olor a mango), se detendría, dedicaría una sonrisa a la
jóven sangrante sentada y le gritaría al de la terraza "che nabo, no te das
cuenta que se muere de amor por vos ésta de acá?!" Pero, reitero, como
eso no pasa ella tiene una verdad bajo su poder (cabe mencionar que la verdad ésta tiene
alas muy bonitas, pero nunca crecieron lo suficiente como para hacerla
volar, qué vamos a hacer, órganos atrofiados).
¿Que qué va a hacer
ahora, que cómo continúa? Nada, ¿qué podría hacer? Le encanta pensar en
un momento de cambio, un instante en el que Teseo entre y le haga
companía, lo saque de su encierro eterno y doloroso, pero todos sabemos
que Teseo nunca pudo entender, y nadie nacerá jamás que la entienda a
ella, pobre reencarnación de alguna olvidada, de algún
poco especial, pedacito de carne con ilusiones, una ola más en este mar
picado, dispuesta a no recorrer el camino y morir en la falda tibia de
la tierra. Toma más mate y espera el fin de año y alguna miel de mejor calidad. Busca para atrás, en un cajón de objetos perdidos algún teléfono para emergencias ante la rotura de un pétalo, dibuja las paredes con marcador y borra los síbolos que la soledad le pianta, sabe que son pruebas falsas, pero el juez puede considerarlas. Discute psicología barata, más barata que las frutillas en la heladera seguro, pero no sé si tanto como para comprar, alquila por el día aún.
Lo peor de esto que anoté acerca de ella es que debería llevar azúcar negra o miel, porque te estoy diciendo que tiene gusto a eso y quizás hasta lo sentís, pero desgraciadamente tiene sacarina, nunca confíes en mí porque tampoco me la creo.
Aprendiéndome
Hace 13 años
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