implacable, arrebata atiborrados manojos de sí mismo, esperpento, espantajo, aterrador redentor. Gira la llave, un ruido metálico, un chasquido, un mecanismo que se enrosca, se despereza y con las escamas palpitando veneno, de pura ansia se quema. Carne achicharrada, crujiente, sangre y fluídos grasientos, chorrean, crepitan, carcomen los bordes mi sensibilidad. Se afirma, se endereza, altiva atrae el apocalipsis: apoplejía que, perpleja, se plantea ecuaciones. Ecuánime acentúa. Muta, descompone, desparrama, desanima. Característico: digiere tu miedo. Te mira de frente, pensás que mide tu fuerza, pero calcula cuidadosamente el pánico que te atenaza, ése que atesoraste para acercarte a lo humano. Monstruo! Monstruo! Tu lengua no toca tus dientes, lame secreciones del sufrimiento ajeno, succiona patecismo, alecciona los sentidos hacia la perdición, engaña y mientras se levanta la remera para que caigas en la irreparable seducción que ilumina su cintura, el hueco de su ombligo, la curva de su pecho. Monstruo monstruoso, taciturno y circunspecto acetrina tu piel, antes oliva y jazmín, hoy resabio de carbón. Pulveriza, ennegrece, despectiva te rebaja, te doblega y sumerje tu cabeza en saliva de cerdo. Reduce, recauchuta, recicla, reprime, reafirma su imperio. Llamas y azufre, olor a sexo, herrumbe, óxido de siglos de aburrimiento, de mediocridad, el dios levanta su cabeza y en sus ojos el odio toma forma, color y piedra. Metal que hunde en sus manos, mercurio en sus venas, te vigila con sus alas podridas, y golpe a golpe, mes a mes, lubrica tu ilusión, aceita tu corazón y resbala la vida por tus venas. Pensás que tomás agua, pero ese vaso sólo contiene vidrio molido, igual de brillante, igual de hermoso refleja, refracta, reluce al y del sol: sencillamente una ruta más directa, menos tortuosa, hasta el pozo que se disfraza de eternidad. Purpurina en las mejillas, cintas en el pelo, suavidad en tus hombros. Fruta madura, jugosa, jóven y apetecible. Libidinoso, bochornoso, amortajado, morboso, paradójico, cínico y apabullante, el deseo que se achica en el borde de mis labios. Muerde y araña, pero no puede evitar la violación ¿quién me ató las manos a tu influenza?
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