2.10.13

atracones. Parece que no supiera existir (vivir dijiste?), de otra manera. Tus uñas arañando todo, el ruido de mi culpa inunda el callejón de la inseguridad, de la maldición de la drogadicción. Atracones de nuevo. Me escondo, me escabullo, enferma repto por los rincones de mis preguntas, buscando un signo de puntuación olvidado que me dé pausa y paz. Atracones de todo. Atracones de letras buscando a Dios (no me mientas, sabés que buscamos al Diablo), sin entenderlo, sin digerirlo. Atracones de vos: te busco entre todas las fotos del pasado, entre todos los gratos recuerdos que cuidadosamente extirpé de mis pupilas y tímpanos por meses, como filos de aguaviva de la piel muerta de un ahogado. Y lo peor es encontrarte. Desaparecé. Atracones de información: no quiero saber que la felicidad no existe, que este caos celebra la ignorancia porque la sabiduría es la creencia de otra religión que vanagloria el sufrimiento. Y te encuentro en una foto, posando junto a tu familia. Y no te reconozco. Y me veo en tus pupilas, devolviendo (sin degustar?), la mirada de cansancio, con las manos lastimadas por tus dientes (mis dientes, tu boca, nuestra lengua, ningún idioma) en la parte superior de la mano. Es el esfuerzo por cerrar la garganta que ya nunca y siempre será poderosa o profunda.
Nostalgia de manos sin descubrir, estoy a punto de caer por el mismo hoyo que vos cavaste para llegar a China y a Alicia? O acaso lo perforé yo para vos? De nuevo, qué ingenuo y acertado pensar de esta forma en nuestra (acaso hay algo plural acá?), creación. Llevo años pariendo tu hijo, sólo que a veces me olvido.

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