Los años corrieron, las lágrimas en sus mejillas cultivaron las arrugas que ahora cubren sus expresiones, como un fino velo que sólo se eleva en contadas ocasiones. Quizás cuando sus oídos tapados de palabras, inmersos en el agua de los minutos perdidos y gastados, perciben (creen percibir?) un "magari" en vez de un "quizás" el recuerdo la transporta (ya no la invade, no le quedan tantos hombres al frente).
Es vieja, claro. Pasadas aventuras sobre una moto le dejaron astillas donde había una rótula. Pasados amores le dejaron polvo donde debía estar el sentimiento divino.
Anoche se levantó al escuchar las fiestas locales: esta lejos de la patria, tanto que ya no recuerda el sonido del 60 a las 6.35, ni el eterno y rutinario saludo del ascensorista mientras abría y cerraba la puerta de rejas (siempre pensó que era el único hombre que hacía dos cosas bien al mismo tiempo). Pero esta lejanía no sirvió de bálsamo, este tiempo transcurrido no fue una tela sobre sus cansados muebles que evitó el amontonamiento de polvo. Fue agua: pasó rápido y erosionó todo lo que tocaba con su cambio constante. Las heridas no sanaron y hoy mira a las 2.43 de la mañana como unos mocosos compran cerveza en el 24 hs de abajo, de la forma más ruidosa posible. Mira y piensa si llama a la policía. Los movimientos son lentos, pero tan practicados que hasta parecen precisos: lo hizo tantas veces ya que sabe el procedimiento de memoria y hasta ha elaborado una fórmula de pocas palabras para explicar su situación y dar su dirección utilizando la menor cantidad de saliva posible: es vieja, reitero, pero consciente de que la policía no es en esencia distinta de estos muchachitos de bajo su ventana.
Comienza el movimiento. Uno de los pies enfundado en una chinela barata comienza a retroceder para dar paso al movimiento de cadera que la va a posicionar de perfil a la ventana y de frente al teléfono, pero entonces ocurre. Con el último estertor de la mirada, antes de cerrar el campo visual de aquella imágen lo reconoce en uno de los ya mencionados "mocosos". Es él. Con sus 19 años y toda la seducción naciente insinuada en las líneas de su espalda, se ríe. Tiene los mismos movimientos, el mismo color de piel que ella calificaba de realeza: blanco sin llegar a pálido, clarito sin llegar a muñeca de porcelana o barbie, como dicen ahora. Parece de la misma altura, tiene los mismos hombros fuertes, bien modelados, ahí, donde la remera cae con gracia para soltar la imaginación sombre la curva que antecede la cola (el punto en el cual ella lo abrazaba). No ve sus ojos, pero los intuye del mismo azul ("ojos de perdición!"). No escucha sus palabras, pero sabe que la desconciertan. Mira atónita, el pié con la pantufla barata regresa lentamente y se descubre con sorpresa descalzo, pisando el que antes fuera un suelo alfombrado con un nuevo tacto a madera. Su garganta de 19 años de placer y sueños por cumplir emerge de las profundidades que la sepultaron bajo 72 años más y grita y llora. Desespera, y aquel monstruo que se acurrucaba al bello sonido de la melancolía de los tangos y los libros de ciencia ficción, cobra envergadura y decide finalmente cumplir su propósito en la tierra. "Dejá de esconderte! Dejá de mentirme y de mentirte! Dejá de calcular cada paso que das! Dejá de ser un fantasma que grita lamentos en torno y convertite en un hombre o desaparecé y dejame enterrarte como el cadáver que sos! Desaparecé para siempre o viví conmigo la pena y el dolor! Te odio desde que te recuerdo, te amo desde que empecé a odiarte y no me dejás vivir, porque no sé si quiero sin vos! Quereme y atame a vos, y después de tirar la llave de mi celda, dame la mano, para saber que estás adentro conmigo. Quereme auque yo no me quiera, quereme aunque soy débil, quereme aunque sea mortal y mi vida dure por siempre. Quereme porque soy el caos y el diablo y porque no quiero aprender a vivir sin mirarte sin verte en esta oscuridad."
El viento de una perdida ciudad iba a ser el único destinatario: los fuegos artificiales ahogaron los recién nacidos vocablos (que probaron haber nacido con la fortaleza de sus gritos, justicia sea hecha). Quemaron también el camisón que hacía juego con las chinelas de animal print.